Los Niños Perdidos de Laila Ripoll

«Abrir los ojos »
Prólogo

Por Itziar Pascual

(…) La fe en la Santa Madre Iglesia y en la Cruzada me abrió los ojos y me privó de la vista, y pude renegar del mal que portaba, de la repugnante herencia que me dejaron mis mal llamados padres. Ja. Total, para lo que hay que ver… Bendito tracoma, enviado por Dios, que me hizo ver con los ojos del espíritu, con los ojos del alma, y me cegó de los perniciosos ojos de la cara. (Los niños perdidos)

Esta es la historia de Lázaro, Jesusín el Cucachica, de El Tuso y de El Marqués. Esta es la historia de cuatro niños que soñaban con chocolate y soletillas, que querían reírse de su sombra y jugar a vivir. Esta es la historia de aquellos niños, y de todos los niños que quedaron arrinconados en las sombras de los desvanes de una época, y de un país. De los adultos que consintieron y propiciaron que aquellos niños fueran tratados como juguetes rotos, como crucificados sin cruz. Y de los que, como la Sor pasmada, que pronuncia las palabras que anteceden estas otras, conjugaron un verbo que nos desasosiega: olvidar, olvidar, olvidar…

Laila Ripoll, nuestra Laila, ha dedicado esmero, pasión y las mejores palabras a sembrar de conciencia el olvido, a poner memoria en el hueco de las cuencas, vacías, de los ojos. Como aquel personaje bueriano de En la ardiente oscuridad, Laila quiere ver, y nos ayuda a abrir los ojos. Porque, por dolorosa que sea la estampa, es mejor enfrentarla que omitirla.

La estampa está llena de jirones, de arrebatos de falsa caridad, de hipocresía histórica; de niños que se travisten de esos adultos que hacen lo imposible por hacer culpables a los inocentes; de visitas de la Inspección de la Sección Femenina y juguetes que se dan y se quitan; de juegos que duelen y de procesiones… Los diálogos aluden y eluden armarios que huelen a orín, castigos, reproches, crueldad, hambre, piojos y miedo, mucho miedo… Nos conmueven los relatos de trenes con destino incierto, del Destacamento Hospicio… Pero a la vez, y esa es una cualidad de esta y de otras obras de Laila Ripoll, el espanto es presentado permitiendo que aflore el humor. Un humor negro, roto, de una sinceridad que lo rompe todo…

El teatro se hace paso ante el espanto -ahí está también El triángulo azul, para recordárnoslo- y las canciones, la imaginación, el arte de representar y de representarnos y el humor, que espantan a los demonios. O los colocan en el caldo de una gran olla de cocido…

Lázaro sabe presentarnos el mundo de la Organización Juvenil, de esas Hermanas (¿debería escribirlo en cursiva?) que rompen las cartas y los tebeos, que amenazan, que injurian… Es el resultado de un exquisito proceso documental, en el que Laila toma, sorbo a sorbo, los ecos de los hechos, los testimonios, los documentos1… Pero a la vez, dotándolos de una consistencia poética y profundamente teatral. Porque esos niños que no crecen, que no se hacen mayores, resistentes en el desván de los olvidos, rodeados de fantasmas del pasado, ¿no son ellos mismos sombras de lo que fueron?

Sólo unas palabras más para recordar cuánto son cómplices estos personajes de los actores que los encarnaron y habitaron por primera vez, primero en el Festival Madrid Sur, después en el Teatro María Guerrero, de Madrid, en 2005.2 Mariano Llorente, Juan Ripoll, Marcos León y Manu Agredano, compañeros de camino con la compañía Micomicón, nos dieron el rostro y las imaginaciones de Lázaro, Jesusín el Cucachica, de El Tuso y de El Marqués. De aquellos niños que nos siguen interrogando sobre nuestro olvido y sobre un silencio demasiado largo.

Porque los niños del desván no existen, siempre fueron unos niños perdidos, porque se perdieron por el camino de la Historia… ¿siempre?

ITZIAR PASCUAL

1 Cabría recordar aquí el documental Els nens perduts del franquisme, de Montse Armengou y Ricard Belis y algunos artículos, fundamentales, como el de Vicenc Navarro. NAVARRO, Vicenç (2008): “Los niños perdidos del franquismo” El País. 24 de diciembre. (Consultado el 21 de mayo de 2014). http://elpais.com/diario/2008/12/24/opinion/1230073210_850215.html
Los niños perdidos de Laila Ripoll fue el primer estreno de una obra original de una dramaturga española viva en el escenario del Teatro María Guerrero, desde la fundación del Centro Dramático Nacional. Y fue, como señalaba Javier Vallejo en su crítica, “una carambola”, pues la propuesta estaba dirigida a la Sala de La Princesa: http://elpais.com/diario/2005/12/17/espectaculos/1134774008_850215.html

 

 


Descargar Autopsia, de José Manuel Mora

 

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